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Hace poco una amiga me mando un mail que decía “Hay que tener un amante”. Pensé “esto ha de estarbueno”, así es que lo leí de inmediato. Es algo que escribió el terapeuta argentino, Jorge Ducay que me hizo mucho sentido, y se los quiero compartir.

Antes de eso, quiero platicarles como era mi vida hace poco menos de 3 años. Yo era la típica señora joven que se dedicaba al 100% al cuidado de sus hijos. Mientras ellos eran muy pequeños, todo el día se me iba en cuidarlos, mi mente no ocupaba otros pensamientos y así me sentía totalmente plena.

Siempre tuve muy claro que yo iba a dejar de trabajar cuando me convirtiera en mamá. Cuando mis hijos empezaron a ir a la escuela y a mí me sobraba más el tiempo, me pasaban por la mente un montón de temores acerca de mi futuro. Añoraba lo que es ganar tu propio tu dinero, a la vez que me decepcionaba pensando en que ya llevaba varios años sin trabajar. ¿Quién me podría ahora ofrecer trabajo y cuánto me podrían pagar?

Dejar a mis hijos no era opción, pero a la vez, a pesar de que disfruto ser mamá, sentía que algo me faltaba. Está padre ser la mamá “de” la esposa “de” pero a mí me faltaba algo propio.

Ahora me doy cuenta que empezaba a sentirme frustrada. Mis días se resumían en hacer un poco de ejercicio por la mañana, juntas escolares, desayunos con amigas en donde los temas siempre acaban siendo los mismos, los hijos, los esposos, las muchachas, lo nuevo que podemos ir a comprar para tener nuestras casas más lindas, etc.

Por las tardes: ballet, karate, natación, tareas y gritos. Ahora sé que vivía frustrada porque siempre veía el pasto de enfrente más verde que el mío.

Aprovechaba cada detalle para pelear con mi marido, mientras las comparaciones con los esposos de mis amigas no se hacían esperar. Me había convertido en la típica señora histérica en camioneta, hecha la madre todo el tiempo, tocando el claxon como loca si alguien osaba cambiarse a su carril, o la que se molestaba con el mesero porque su cuenta tardó un poco más en llegar.

Justo ahí me di cuenta que lo que a mí me faltaba era un “amante”, y ahora sí les platico lo que dice Jorge Ducay.

Después de analizar varios pacientes y darse cuenta que el común denominador era que sus vidas transcurrían de manera monótona, que no sabían en qué ocupar su tiempo libre, que se sentían desesperanzados y con síntomas de lo que los médicos llaman depresión, él les dijo que lo que necesitaban no era un antidepresivo, sino un AMANTE.

Muchos se asombraron, otros no regresaron, pero a los que se quedaron, les explicó: “AMANTE es lo que nos apasiona, lo que ocupa nuestros pensamientos antes de quedarnos dormidos y a veces nos deja sin dormir, lo que nos vuelve distraídos ante el entorno, (yo agregaría lo que hace que el corazón se nos acelere y nos hace sonreír como idiotas), es lo que nos deja conocer nuestra secreta intimidad, donde la vida tiene motivación y un sentido. A veces lo encontramos en nuestra pareja, o en otras cosas, o en alguien que no es nuestra pareja, en la música, en el deporte, en la amistad, en el estudio, el arte, la lectura, y en un sin fin de posibilidades. Es algo que nos pone de novios con la vida y nos aparta del triste destino de ‘durar’”.

“Durar” lo define como tener miedo a vivir, es dedicarse a espiar como viven los demás y copiarlos, es sumar privaciones, alejarse de las gratificaciones, observar con preocupación cada arruga que nos devuelve el espejo, postergar la posibilidad de disfrutar HOY.

Cuando acabé de leer esto, una sonrisa ilumino mi cara y suspiré aliviada. Me sentía feliz de tener un amante en mi vida, lo encontré hace poco más de 2 años, ese amante es mi carrera, son mis maratones, es lo que me impulsa a ser mejor cada día, a ver mi pasto más verde, a sonreír más, a ser más tolerante, a ser mejor amiga, mejor esposa, a ser más segura de mí.

Con decirles que regresé a la universidad a estudiar algo nuevo que me encanta: “nutrición aplicada al deporte”.

Quiero ser la mejor estudiante y quiero ejercer sobre el tema. Ahora ya no siento temor sobre el futuro porque ahora sé que me queda mucho camino por recorrer.

Y ahora me siento tan plena y tan feliz, no solo como mamá sino como mujer. Soy tan feliz que casi no armo panchos, me da igual si la comida no llegó exactamente como la pedí, si el del valet se tardó en traerme el coche, me vale madres si la vecina ya cambió su camioneta o cuál es la bolsa “in” que se está usando, hasta creo que gasto menos, cosa que tiene muy contento a mi marido.

Y todo eso, gracias a que vivo ENAMORADA de correr.

Angélica Soria