Dicen que nunca le dejes nada al destino porque es un irresponsable y sí, lo es.

Ultrafiord es un ultramaraton que se corre en la Patagonia Chilena, hay que llegar a un pueblo ubicado en la ruta del “fin del mundo” llamado Puerto Natales, (2.5 hrs. de Punta Arenas), rodeado de unas montañas que a simple vista se ven impactantes, cubiertas de nieve.

La distancia que cubriríamos los Guts en esta ocasión es de 115km (originalmente), pero por motivos del clima cambiante y peligroso, se nos avisó de última hora que la ruta sería cambiada a 92km, por mantener la seguridad de los corredores. Teníamos contempladas 3 dropbags, 2 durante la ruta, una al final; pero después de este cambio, solo 2 en el km 48, y por supuesto la de llegada a la meta.

Esta vez me acompañó Sinhue, Marisol, y Juan, los últimos dos se estrenaban en esta distancia. Se sentía mucho desconcierto de los corredores al no tener clara la ruta que recorreríamos; la duda de si subiríamos o no al glaciar, al final se definió que, una parte sí y, como dije antes, se acortaban las distancias de las diferentes carreras (160 a 146km y 100km a 92). Las recomendaciones eran las mismas llevar el material obligatorio porque el clima antes, durante y después del glaciar sería frío, con nevada, agua nieve o posible lluvia.

Mi mochila de hidratación pesaba aproximadamente 5kg y por ahí andaban las de los demás Guts, algunos me decían que era demasiado, mmm no lo sé, para mí era lo necesario y no iba a cambiarlo.

El día de la carrera unos camiones nos llevaron a la salida, en el Hotel Del Paine, a una hora de Puerto Natales; había lluvia pero cesó antes de empezar la carrera. Marcaron la salida, Sinhue se adelanta, yo trato de hacer lo mismo para ubicar punteras y mantenerme en el paso, Juan y Sol se mantienen conmigo, la temperatura oscilaba ahí como a los 3 grados. Por la amenaza del clima mucha gente salió con toda la ropa encima, así que se hacían a un lado en el camino para quitarse una o dos capas.

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Más adelante empieza una nevada de película, caían copos de nieve, no de tormenta, más bien caían de forma pausada. Del lado izquierdo en la subida teníamos un montón de árboles con tonos cobre y dorados cubiertos de nieve, Juan me dice, “mira Cin a la derecha”, giro mi cabeza y recuerdo porque de nuevo me aventaba a una aventura que lo único que prometía era dolor y un sin fin de sorpresas. Siento que vienen lágrimas a mis ojos, pero pongo mirada dura, fija en la mujer que tenía delante mío, y me concentro… autocontrol, le llaman.

Perdimos ruta de repente, la retomamos y continuamos, faltaba poco para el glaciar, la temperatura desciende, y tengo en mi cabeza el recuerdo de la tormenta en Bear, los golpes de la nieve que sentí esa vez en la cara, el miedo y el dolor de cada paso. Pienso, “tu enfocada”, veo atrás, Juan y Sol se mantienen fuertes, hay que salir del glaciar pronto, yo aceleró el paso y ellos tienen la potencia de sacarlo. Entramos a el, la sensación en el pecho fue tremenda, la Imagen que tenía de frente, a un lado, detrás, era el paisaje más hermoso que he visto en toda mi vida. Me dice Juan “cuando muera, me llevaré esto”, yo intento no llorar de tanta emoción, siento cosquilleo en los manos, en mi pecho, era mucho, era demasiado.

Me encanta la nieve, corrimos como niños a través de ella, se dejaba venir el viento y el frío calaba en segundos el clima cambiaba, pasivo, activo, la nieve a la cara, agua-nieve, el aire se dejaba venir y parecía película de acción, ahí el clima tal vez a menos 5 grados, aunque por el viento mucha gente lo percibió más abajo. Gracias a Dios no hubo tormenta, aunque tampoco quiere decir que las condiciones hayan sido fáciles.

Desde ahí peleábamos el segundo lugar una peruana y yo, de vez en vez la adelantaba, y ella no se dejaba, volvía a rebasar; sus poles a veces impedían el paso, pero me abría un poco y podía sacarle ventaja de nuevo, yo no traía poles, y ella no tenía mucho control en el hielo. Todo el tiempo en el glaciar fue de admirar, pelear y concentrarte, memorizar y no pararte. Saliendo de ahí entramos en una zona eterna de lodo, cruzar ríos, treparnos a un árbol, y sacar los pies como fuera del fango; llenos de tierra de pies a cabeza, los pies helados.

Me adelanto un poco y no alcanzo a escuchar que la peruana le dice a Sol que baje los poles porque le iba a picar los ojos, en mala forma; más tarde, les adelantaba unos 800m la peruana grita: ¡Ayuda! ¡ayuda! Apenas alcanzo a escuchar, y a ver entre los árboles a Sol tirada en una curva, regreso y me doy cuenta que se había golpeado la cara contra un tronco. La Peruana (Cecilia) se adelanta, le pregunto a Sol “¿puedes andar? Me preocupa que estés quieta, no quiero que tengas problema de hipotermia”, me contesta que sí, parece que fue solo la cara, pero las piernas se ven bien: “vamos, tenemos que llegar a Perales para que te asistan porque se ve aparatoso”.

En el camino encontramos a una persona de la carrera con equipo y botiquín, que podía asistirla porque perales quedaba aún lejos, Marisol nos dijo: “adelántense, que él me atienda». Yo acelero con Juan con toda la intención de alcanzar a la peruana, porque a mí forma de ver, no debió de irse justo cuando yo regresé a ver a Sol. Juan me cuenta que además había regañado a Sol por los poles, así que me lleno de rabia porque ella había hecho todo eso en el glaciar, con la intención de que yo no la pasará, corro más rápido, la alcanzo y me dice “me perdí”, volteo a verla, y le pregunto si le dijo a mi amiga que bajara los poles, contesta que sí. “Tú hiciste lo mismo conmigo todo el glaciar, y no te dije nada, mi amiga se cayó y tú aprovechaste para llamarme y te fuiste cuando llegué, no hagas lo que no quieres que te hagan, nadie gana a la mala”, tomo la delantera y se pega a mí, en las zonas de lodo y fango seguía mis pasos, decido que no, yo no marcaré la ruta, confío en mi instinto y le digo: “adelante”, empiezo a presionar, pegada a ella, tenía muchas cosas en la cabeza que me hacían sacar fuerza, la caída de Sol, que en parte fue por su presión de quererla pasar, entre otras cosas, que no se me hacían de buena atleta.

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Llegando a Perales la adelanto, llego primero a la estación, venía la noche, así que cambio de ropa, como algo y espero la llegada de Juan y Sol. Los veo llegar, no me di cuenta que la peruana ya había salido. Me dice Sol que ella va a tardar, que me adelante.

Entramos a camino de terracería Juan y yo, con la duda de si era correcto el camino porque no había marcas claras, una camioneta con gente de la organización pasa justo cuando damos vuelta para regresar y confirmar ruta pero nos dice que vamos bien. Hasta ahí, tenía la impresión de que la peruana seguía en Perales; aceleró el paso, de ahí a Puerto Natales era perfectamente corrible el camino. Dábamos curva y nos encontrábamos con el mar de vez en vez, platicábamos con gente de Argentina, Chile, etc que nos encontrábamos en el camino. Se hizo de noche, cero abastecimientos y nos estábamos quedando sin agua, de pronto uno, y de ahí a la meta eran 20km aprox.

El camino parecía eterno. Pasamos a un competidor, y a otros, les decimos: “buen camino”, de repente se gira alguien como espantado, llama mi atención, era la peruana, caminando con sus bastones en medio del frío, pienso en toda la batalla antes de Perales, en lo desgastante, en el coraje, pero decido que a ese paso alguien va a reventar y no, no sería yo aunque me llegara arrastrando; la pasó, escucho que acelera, me concentro y me enfoco en el paso, la rodilla izquierda dolía horrores pero…dentro de mi, solo el mantra “manténlo, sosténlo”, y pienso en los ojos de mi enano.

Así, corriendo hasta el cierre en la meta, veo a Sinhue esperándonos, la cruzo y ya no aguanto, me suelto en llanto, fueron demasiadas emociones, mis ojos estaban llenos de tantas imágenes insuperables tal vez, no lo sé; mi pecho guardaba muchas emociones, la carita de Sol, la lucha constante de Juan que jamás soltó mi paso, la rabia con la peruana por regañar a Sol, por la lucha durante más de 60km por el lugar, por ver a Sinhue con bien ahí, en la meta, por lograr darle ese 2do lugar a México, y el dolor, ese dolor punzante en la rodilla, en la planta del pie… Me reciben los brazos de Sinu, “¿qué pasa?, te duele algo?”, “me duele todo, fue mucho, fue demasiado” y yo sabía, me sentía, agotada.

Me senté en la banca y pensaba: “las montañas, puto anzuelo que me trajo aquí, a todo esto…”. Pero, al final no dejaba de dar las gracias. Llegó Juan un par de minutos detrás de mí, sentí orgullo de su coraje, de sus ganas, de verlo ahí parado debajo de la meta con toda una historia en su espalda, aproximadamente 30 min, después llegó Sol, había pasado también a la peruana. En ese momento cerré mi día como corredora de ultras, como coach y como amiga. ¡Lo hicieron tremendo!

Lamentablemente, al día siguiente nos enteramos por un chat, de los mexicanos que vinieron a Chile, que al parecer la montaña había tomado la vida de uno de nosotros, por posible hipotermia al llevar ropa insuficiente para el clima, según lo dicen los medios. Encontramos a gente que lo vio, no daré mucha información de eso, por respeto, yo no tuve la oportunidad de conocerlo, solo diré que una persona que corrió a su lado dijo que habló de sus hijas y de su esposa, que sus hijas eran el motor de su vida, espero que algún día lo sepan, que las tuvo presentes.

En la ceremonia de premiación se le cuestionó, y criticó a la organización por muchas razones bien fundamentadas. La realidad es que no había asistencia, no había abastecimientos suficientes, y los poco que tuvimos eran insuficientes, carentes de comida, y la bebidas exageradamente rebajadas. En el glaciar era nula la vigilancia, y nunca se hizo revisión de equipo.

En fin, esto no lo digo por los hechos, lo digo porque esa es mi percepción, una ruta mal marcada, mal asistida y despreocupada por la integridad de los corredores. La logística, a mí forma de ver, fue pésima, y no me considero una persona con altas exigencias en las carreras, me da lo mismo correr en Nicaragua, EU o mi país, porque me gustan las montañas y, en general, me gusta ser autosuficiente, porque creo que la vida, nuestra vida, es 100% nuestra responsabilidad y de nosotros depende cargar con lo necesario; es cierto que la organización debería proveer, pero ante la incertidumbre, sobre todo, cuando haces carreras en otros países que desconoces, mi consejo es no confiarse y cuidar nuestra integridad. Al final podremos quejarnos, pero nadie nos va a devolver al mundo.

Estos días por acá han sido raros, llevo muchos años corriendo en las montañas, mi miedo a ellas no se acaba, mucho menos mi respeto por ellas, así como el amor que les profeso, que es perenne. Pero ahora, la sensación es extraña, quiero pensar que eso no pasó, que no hubo pérdidas, que las cosas no se salieron de control. La vida nos da lecciones, diría mi Papá, que nadie aprende en cabeza ajena, pero, Dios…

Si tú que me lees corres en montaña, nunca pierdas el miedo, el miedo nos hace tener cautela, nos permite vivir poco a poco nuevas experiencias, el miedo es el mismo que nos hace ser valientes pero no temerarios.

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Se acaba el día y ya quiero llegar a casa, sentir esos brazos que extraño, y recordar que la felicidad es el saber que estás sano, para sentir, para vivir, amar y ser amado.

Nos seguimos leyendo.

Cinthia Espinosa