Maratón de Boston

Perdí el barco, el rumbo y la vela pero sobreviví. Desde antes de arribar a Boston, sabía que sería un maratón diferente por la ruta y por el pronóstico del clima, además, de manera inconsciente me vaticiné -y mal programé- que no saldría el tiempo planeado. Temía de la lluvia pero no le tomé mucha importancia, me molesté porque estaba aferrada a correr con el outfit que con todo detalle escogí y preparé.

Sin embargo, desde el domingo que fui a la Expo a recoger mi dorsal, me di cuenta que el viento y el frío no eran para tomarse a la ligera, calaban el alma así que de último momento, compré paraguas e impermeable, también decidí correr con chamarra y con mallas.

Maratón de Boston

Salí del hotel pegada al horario que me indicaron -Wave 2 /7:00-7:45- disfrazada de cebolla. Caminé a la calle donde dejaría ropa seca, de ahí fui al parque para abordar el camión escolar que nos llevaría a Hopkinton. Si bien iban todos contentos, sí noté mucha incertidumbre, cómo si fuera un viaje sin regreso. Comencé a desayunar un poco, sin hambre, sólo porque tenía que tomar mis medicamentos y tener energía para correr 42.195m. Los pasajeros iban silenciosos, incrédulos y asombrados, ya que en el camino se formaba nieve. Finalmente llegué, nos dirigimos a la zona de carpas, todo lleno, me tomaron unas fotos y busqué otro refugio, estaba como en una zona de guerra, en medio de agua, plásticos y ropa abandonada, llegué a un pequeño lugar libre, donde todos hacinados esperábamos la odisea.

Yo imaginé -ilusamente- que el torrencial pasaría pronto, que no era real y que no podría durar tanto, comencé a colocarme en los bolsillos mis geles, gomas, pensé en ir al baño, pero ya eran 10:10. Me deshice de algunas ropas, quería presumir mi playera de NERY por lo que estuve tentada en aventar la rompevientos pero por fortuna no lo hice, me cambié los tenis, no sirvió de mucho pues salí y  no hubo manera de esquivar el lodazal.

Comencé a trotar porque mi corral salía a las 10:25, observé calles muy estrechas con casas pintorescas y típicas, todos los corredores de la ola 2 ya colocados, quitándose las últimas prendas.

Maratón de Boston

Por fin después de una milla aproximadamente, apareció mi corral 1, eran 10:23, me fui lo más adelante que pude y cuando menos imaginé, sin ceremonia, cohetes, ni preámbulo, sólo con “3,2,1 started”, ¡empecé a correr! Intenté ir a paso muy controlado, iniciar suave para entrar en calor, pero desde ahí me sentí adolorida, pensé que con los kms iría calentando los músculos y pasaría.

Llovía fuerte pero aún era divertido, como una aventura, esquivando charcos y con emoción, me imaginé que era una vivencia para contarla a mis nietos, pero pasaron 10 kms y nunca encontré un ritmo cómodo ni me sentí fluida, las piernas iban como ramas, sin movimiento, secas, torpes, muertas , me dio miedo pues apenas era el principio, comencé  a llorar -sí, desde ahí- escuché un “mami”, me entró el sentimiento y coraje, así que pensé en centrarme y ya no ver el reloj, tampoco arriesgar al cuerpo, mente y alma por exigirles más de lo que había en ese momento.

Tomé un gel y muchas gomitas para retener la energía, me puse los audífonos  y me dije: “vamos por ese unicornio así sea en 5 ó 6 horas, pero te lo vas a llevar”, “no sufras tanto, hazlo como un entrenamiento”. Mi única regla fue no parar o detenerme, sabía que si lo hacía me iba a acalambrar o a entumir. Así me fui muchos kms, entre niebla, lluvia y poca gente, un paisaje triste y desolador para ser honestos, sólo los voluntarios, tomé Gatorade en todas las estaciones. Desperté en el km 18 aproximadamente, me sentí en un barco en naufragio, la lluvia no era de gotas, eran olas, un diluvio, el viento no me dejaba avanzar, braceaba para mantenerme firme, todos me rebasaban, sentí un poco de impotencia y reí irónicamente de mí misma, miré al cielo, agradecí por esa sensación, pues recordé haber escuchado que Boston te hace humilde.

Tomaba un gel tras otro, con asco, pero necesitaba calorías, sentía helados los huesos, los pies como bloques de cemento, quería mis pastillas de energía con cafeína pero estaban destruidas y eso que iban en una bolsa.

De ahí no recuerdo muchos detalles, ni el paisaje, sólo una raya amarilla que dividía a la mitad un camino estrecho, así como unas vías de tren, creo que aferré la mirada al piso como si fuera mi brújula, no había porras, ni música, ni letreros, al menos no lo advertí.

Intentaba pensar que me habían contado que lo difícil era de la milla 18 a la 22, pero las pasé sin sentir nada en específico. No sé cuantas subidas fueron, tampoco me esforcé mucho por apretar el paso en las bajadas, no sabía si ya había pasado la Heartbreak Hill, nunca vi a las chicas que animan a los corredores con besos y abrazos, ni a los muchachos que me darían cerveza, luego me pregunté qué hacía ahí, me reproché mi festejo de mis 40, pues hubieran sido mejor en la playa  y con una fiesta y no en medio de un maratón de miedo.

Me dije que ahora sí sería mi último 42.195, que era mejor tomar vacaciones junto a mi familia en un lugar soleado, que no volvería a pagar  para sufrir. Vi km 35, sabía que tal vez estaba cayendo el muro sobre mi, así que sacudí la cabeza, tomé otro gel, subí el volumen a todo con “Titanium” e intenté apretar un poco el paso, pero de pronto, otra tromba, cubetadas de agua helada caían del cielo.

Aquí sólo recuerdo que abrí los brazos y agradecí la tortura, pensé que era algo que yo había decidido, que elegí estar ahí y que tenía la fortuna de no sufrir en la vida por otra razón, ¡sabía que pronto terminaría! Total, no sé cómo, pero ya estaba entre edificios, había llegado a Copley Square, faltaba poco, ya en esta parte de la ruta empecé a sentir alegría, pensé que lo había logrado, al dar la última vuelta, vi a lo lejos la meta y a menos de 1km, me dio un ataque de tos, luego una punzada en el Tendón de Aquiles, me aterré porque lo traía resentido y pensé: “!Oh no, por favor que no esté roto!”, “¡Dios déjame llegar!”, así que con calma avancé y cruce la meta con las manos en alto y vi en mi reloj 3:26.

No sé muy bien que sentí, como una niña perdida en una isla, que no encuentra a sus padres, confundida y vulnerable, desprotegida y frágil, que necesita un refugio y un abrazo, así que me bastó ver una cara familiar y me aferré como una tabla de salvación a ella (Gracias Araiz).

Días después puedo decir que fue maravilloso, que lo volvería a vivir y bajo las mismas condiciones extremas. Que valió la pena y que así debía ser. Que el cuerpo y la mente pueden conseguir cualquier cosa y que en circunstancias adversas nace una mejor versión de ti. Es verdad que Boston es el señor de los maratones, tienes que vivirlo una vez en la vida, esta versión 2018 fue hecha a mi medida, la que yo necesitaba y la que estaba destinada para mí, para aprender, valorar y agradecer.

Boston Strong…Nery Strong

Nérida Melchor

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